Desde que nació, me apetecía mucho, muchísimo tener millones de imágenes de Emma.
Quería tener pruebas para revivir en un futuro todo aquello que estábamos viviendo, que quizás no podía digerir día a día tan fácilmente. E imagino que como cualquier madre primeriza, me lié a chutar todo detalle y gesto de ese cuerpecito que crecía día a día. Pero lo de pensar en que un objetivo profesional inmortalizara algunas de las rutinas apenas creadas me daba un poco de reparo...
Elena vino a casa una mañana justo el día que Emma cumplía 2 meses.
Como si de una visita cualquiera se tratara, tomó un cafetito y hablamos un largo rato de nuestras cosas. Yo sabía que se trataba de esa artimaña que usan los fotógrafos para que los más nerviosos-tímidos nos calmemos y poco a poco vayamos bajando la guardia.
Funcionó, porque la tensión de mi cara fue cayendo y ya no tenía la sensación de ser observada por alguien que sobre todas las cosas busca "el disparo".
Justo en el instante en que ese pensamiento cruzaba mi mente fue cuando Elena de verdad pasó de ser una mera observadora a formar parte de nuestro escenario. Y ya no impresionaba ni daba tanto miedo...





















































