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| Cala Cortina |
Como yo, seguro que algunos de vosotros hoy sentís especial alegría de ser madrileños. Se acercan las fiestas de nuestro patrón, San Isidro Labrador, y por lo tanto comienza un largo fin de semana en el que quizás planeáis alguna que otra escapada, además de poneros morados de rosquillas y chocolate.
Y es que, aunque hayamos nacido en el interior, también nosotros tenemos la necesidad de que la brisa del mar nos pegue en la cara y sentir los rayos de sol de vez en cuando. Estamos entrenados a fuerza de aguantar atascos, pero también ansiamos una vía de escape, y no hay mejor carga pilas que el sonido de las olas, ¿a que sí?
Durante los dos años que vivimos en Cartagena recibimos las visitas de familia y amigos, que venían más con la intención de venirnos a ver a nosotros, que por la de conocer el sitio en el que estábamos. Seguramente no se encuentre en la lista de las ciudades más afamadas como destino indispensable, porque además hasta recientemente no ha sufrido la transformación más gorda que ahora la ha hecho atractiva.
La cuestión es que cada grupo de gente que despedíamos, después de pasar unos días, se volvían encantados y comentando que no se imaginaban Cartagena de esa manera, que les había sorprendido muchísimo, y sobre todo que habían disfrutado de lo lindo en tan poco tiempo. Fue entonces cuando asimilé que sentirnos tan a gusto allí no era solo cosa de nosotros, sino que realmente la calidad de vida era buenísima, además de que ofrecía una serie de cosas claves para personas acostumbradas a vivir en la capital y otras grandes ciudades de interior.
Ahora que nos hemos restablecido en Madrid, veo el tema desde el mismo punto de vista que tenían los que nos visitaron entonces. Escaparnos a Cartagena es un verdadero placer. Únicamente se necesitan dos o tres días para volver de nuevo a casa como nuevos después de vivir de todo esto que os voy a contar...





































